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La Gnosis y la Filosofía

«(…) ¡La filosofía es el hombre, el hombre es la filosofía! El ser humano no puede concebirse sin su filosofía de vida, sin su motivación existencial. La filosofía no tiene medio de expresión fuera del ser humano». Eleuterio Martínez, Filosofía. Entre la Ética y la Moral.

El hombre es testigo permanentemente de circunstancias que logran llamar su atención y generar incógnita. Seguidamente se produce en él la natural necesidad por hallarles una explicación. Donde fuere que la atención sea dirigida, encontraremos curiosidad presente… sea en torno a lo humano o lo divino, lo cósmico o lo natural, lo infinito o lo mensurable, lo eterno o lo mortal.
Esto está revelando un acto característico de la conciencia humana como lo es la llamada necesidad de saber. Aquí es donde surge la Filosofía.

La filosofía se ocupa de mostrarnos el medio adecuado para dar respuesta a una duda que se nos genera en determinado momento, ante algo ocurrido en nosotros mismos, o a nuestro alrededor.
De este modo es que se halla acudiendo ante la natural necesidad humana por entender lo que ocurre, y ningún hecho que se cruce en el sendero del hombre causando admiración, podrá resultarle ajeno.

Cuando la conciencia humana comprende el cómo y el porqué de algo, esto le produce satisfacción, expansión, libertad… el fin de la filosofía es en sí la felicidad del hombre.

Nos ocuparemos aquí de estudiar gnósticamente a la filosofía como forma de expresión de la conciencia.

Para permitir a la filosofía cumplir en nosotros su tarea, toca ante todo entender que ella sólo actúa en un individuo interesado por descubrir cada vez con mayor profundidad la esencia de la vida y de sí mismo.
En la cultura del hombre moderno los motivos de interés se encuentran muy distantes mayormente de aquellos que dieron pié a la filosofía, como lo son el interés por conocer qué es el hombre, qué es la verdad, el espíritu, la justicia, o cuál es el propósito de la existencia.
Actualmente el ser humano casi no posee vida interior, se vive más exteriormente que interiormente. Alejados de la meditación y el silencio. Esta cultura es llamada cultura prometeica o de la evasión, donde se busca el placer al enfocarse en el exterior de sí mismo. Hoy más que nunca predomina socialmente el interés por la apariencia de algo o alguien, por encima del interés por percibir su esencia. 
La relación hombre-tecnología, útil a la hora de servir como medio para una mejor calidad de vida, deja de serlo al salir de su órbita e invadir un espacio y tiempo que podrían destinarse para el encuentro consigo mismos. Es decir, el medio se convierte en un fin. 

Por eso es indispensable primeramente tener en claro algunos aspectos sobre nosotros como por ejemplo: qué temas ocupan nuestros momentos de reflexión o qué tanta importancia creemos que el conocimiento tiene realmente en la vida.
Y además un cuestionamiento clave, que proviene precisamente del aporte que el gnosticismo realiza a la hora de una persona auto-evaluarse. Este es: ¿Qué tanto me importa conocerme a mí mismo?

Así es como se genera un interés por hacer una autocrítica y juzgar si el orden de importancia que damos a las cosas merece ser revisado y por qué no modificado.
Puede decirse que a partir de allí se encontrará la filosofía tocando a nuestras puertas.

Expresó el gran genio alemán Johann Wolfgang von Goethe: “Cuando el Hombre no se encuentra a sí mismo no encuentra nada”.

Un individua podría gozar de gran saber intelectual, pero no haberlo conducido éste a un proporcional conocimiento de sí mismo.Hombre sabio es por eso quien ha equilibrado en su balanza el ser con el saber.

Lo que entendemos por gnosis no es sino el cúmulo de experiencias que permiten al hombre una auto-conciencia de su propio Ser. Un autoconocimiento.

Resultan siendo todas las vivencias de este género un componente fundamental al momento de forjarse una genuina filosofía en alguien. El autoconocimiento ocupa un lugar en el interior humano que ningún otro conocimiento podría ocupar.

Ya en la misma antigüedad encontrábamos presente el pensamiento gnóstico, proponiendo el modo para que un hombre diese con la filosofía.

La principal máxima que ha hecho las veces de emblema para el gnosticismo, ha sido aquella de «Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al Universo». Según la historia, éste era el epílogo de la inscripción que figuraba en el pórtico del templo al dios Apolo, en la antigua ciudad griega de Delfos.

¿Pero por qué la clave radica en conocerse a sí mismo?

Como respuesta a esto tomemos de ejemplo a la célebre filosofía de Sócrates, durante el siglo V a.C. Ya allí se percibía claramente una invitación al camino del autoconocimiento. Sócrates decía: “Sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento”

La dialéctica utilizada para llegar al saber profundo sobre algo, era conocida como mayéutica.Sócrates comenzaba generalmente realizando una pregunta. Quien participaba del diálogo daba respuesta a esa pregunta, pero su respuesta era de inmediato cuestionada por Sócrates, iniciando así una discusión sobre ese tema, buscando generar en quien lo escuchaba un pasajero estado de confusión, el cual era indispensable para abrir su mente a ideas nuevas.

Dijo Inmanuel Kant: «El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca».

Sócrates solía demostrarle cómo un concepto que antes del diálogo se daba por sentado, en realidad se encontraba mal fundado.
Esta esencial etapa de confusión en el discípulo era asociada simbólicamente con los dolores que sufre la mujer durante el parto.Mayéutica, es un término que proviene griego maieutiké: y hace referencia justamente al arte de ayudar a una mujer a procrear. 
Ya que el diálogo concluía cuando el discípulo alcanzaba un conocimiento preciso de aquello que se investigaba. Pero Sócrates no le había inculcado ese saber, sino que el discípulo era quien había extraído o “dado a luz”, a la capacidad guardada dentro de sí para reconocer verazmente la realidad sobre algo.

Este es un ejemplo que muestra entonces, cuál es la importancia del «conócete a ti mismo»: una filosofía que invita al hombre a descubrir la sabiduría que existe latente en él, pero que permanece dormida e inactiva mientras su lugar es ocupado por los propios preconceptos.
Al interiorizarnos en una filosofía gnóstica, nos dirigimos rumbo a un enfoque autoconciente de temáticas filosóficas esenciales como la verdad, la justicia, el conocimiento, la ética o el Ser.

Con el paso de los siglos, y la fusión entre el gnosticismo proveniente de Grecia y el gnosticismo oriental, obtuvimos el modelo que hasta hoy nos ilustra cuando buscamos entender a ese microcosmos que cada persona es.

Modelo base para un análisis metafísico de la constitución humana, en donde nos encontramos con una existencia simultánea en diferentes niveles: 
Un nivel de existencia de tipo material o somática. 
Un nivel de existencia anímica o psíquica. 
Un nivel de existencia espiritual o pneumática.

Todos estos planos se relacionan e influencian mutuamente en el hombre, de allí que el punto de partida para valerse de un cuerpo material saludable, resulta siendo además de conocerlo y atenderlo, lograr una existencia psíquica equilibrada.
De esto se desprende la vital relación entre filosofía y ciencia… porque no brota una verdadera autoconciencia de nuestras necesidades, ni filosofía sólida, cuando en las bases no hay conocimiento de las leyes universales y naturales que nos rigen al existir como materia y psiquis.

Tampoco se aproxima verdaderamente el hombre a su espíritu gracias a desatender o desvalorizar su cuerpo. Ya que de ese modo está descuidando el medio del que el espíritu se vale para hacer experiencia del mundo material. Lo hace en realidad al salirse de detrás de las rejas que genera el apego y la fascinación con las apariencias, en especial, con la propia forma corporal.

La conciencia espiritual comienza al entender que el lugar que hay en un hombre reservado para el espíritu, no logra ser ocupado ni por posesiones, deseos, o teorías, sino sólo por una conciencia que promueva el acercamiento a su propia esencialidad.

La gnosis enseña que espiritualmente somos una esencia de lo Absoluto. 
Una esencia que proviene de un Real Ser eterno, que es en sí mismo la Totalidad.
Es decir que como esencia espiritual somos una partícula de esa totalidad.

El hombre viene a este mundo a concientizarse de la trascendencia de su propia esencia, de su origen y de cómo expresar las facultades contenidas en ella. Buscamos reconocer y aprender a amar la particularidad que nos designa en sí mismos.

Reconocerse espiritualmente, es entenderse como algo que existió desde antes del instante fecundo producido en nuestra madre, y como algo que a pesar de estar ligado al cuerpo, no es en sí el cuerpo material.

El autoconocimiento conduce a sucesivos grados de autoconciencia en el hombre respecto a su realidad existencial.

Alcanzar una conciencia integral de sí mismos nos permite abordar satisfactoriamente la duda sobre: quién soy y con qué motivo existo.
Dijo Buda: «Estás aquí para descubrir tu propio camino y entregarte a él en cuerpo y alma».

El ámbito en donde valorar la relación hombre-filosofía no es intelectual ni mucho menos abstracto, sino que se trata de la real y concreta vida cotidiana.

Nuestra filosofía de vida se encuentra principalmente testimoniada por los actos, no sólo por palabras o conjeturas. Enseñó Confucio, el gran filósofo chino: «El mejor indicio de la sabiduría es la concordancia entre las palabras y las obras».

Por eso es que en el día a día disponemos de la muestra más fiel para evaluar qué tanto estamos aplicando la filosofía que buscamos seguir, y en base a esto, poder hacer en nosotros todas las correcciones que fueren necesarias, hasta lograr disfrutar plenamente de su efecto.

Como lo enseñara Swami Sivananda: «Siembra una acción y cosecharás un hábito. Cultiva un hábito y obtendrás un carácter. Cultiva un carácter y cosecharás tu propio destino».