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La Gnosis y el Arte

“La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia.” Aristóteles.

Una definición sobre el arte, se encuentra siempre ligada a determinada filosofía o ideología. Como quiera que la gnosis es la corriente ideológica que ocupa nuestro estudio, hablaremos sobre su concepción respecto a lo que el arte encierra.

Al estudiar alguna producción artística desde el conocimiento gnóstico, fuere musical, plástica, escénica, etc., resulta siempre fundamental el análisis de su contenido psicológico.

Partiendo de este punto, la gnosis promueve particularmente una relación con el denominado arte objetivo.

¿Qué define a este arte? Existen creaciones que hacen eco de manera diferente en la psicología de quien las aprecia y parecieran estar guardando un doble mensaje escondido.

Clasificamos a estas obras como un arte objetivo, porque gozan de un contenido de tal magnitud, que logran trascender el subjetivismo de su autor, y proponer un motivo en el cual nuestras propias áreas espirituales hasta allí no concientes también logren ser reflejadas y reconocidas.
Encontramos en este arte un mensaje que promueve en la conciencia estados profundamente auto-reflexivos.

«Los espejos se emplean para verse la cara; el arte para verse el alma.» Bernard Shaw, escritor irlandés.

En otras palabras, esta face fundamental del arte, posee un contenido arquetípico.
Los arquetipos son imágenes ancestrales que habitan e influencian en el ser humano. Por eso a través del tiempo ha sido común su intervención en las leyendas y mitologías de muchas culturas, como también en las tradiciones y el arte universal… porque conforman lo que se conoce como el inconsciente colectivo.

Un arte arquetípico desnuda la honda relación de la conciencia humana con realidades como:
El amor, el heroísmo, la sabiduría…
El poder, la experiencia…
El nacimiento, la muerte…
La masculinidad o la femineidad…

Para citar algunos ejemplos de un arte de esta magnitud, podemos comenzar por esa genial ópera de Wagner como es elParsifal, reflejando la imagen arquetípica de un héroe.
O por una de las más grandes creaciones de Mozart como lo fue La Flauta Mágica, abordando motivos como el amor y la iniciación; etapas de la conciencia que podemos relacionar también ni más ni menos que con las sinfonías de Beethoven.

Si de música objetiva se trata, debemos detenernos en ese folklore original de los pueblos, que hasta hoy se conserva en algunos lugares y que transmitió el vínculo arcaico entre el hombre y el arquetipo de la Madre Tierra.

Del mismo modo aparecen genialidades del arte plástico renacentista como el Moisés de Miguel Ángel, un símbolo de la sabiduría. O un Leonardo da Vinci y su Hombre de Vitruvio, encerrando la idea del Ser y la totalidad; una imagen también presente en el arte hinduista y budista, en sus sagrados Mandalas.

Y si cruzamos hacia este lado del mundo, y nos referimos al arte azteca, aparecerá la representación del Quetzalcóatl cósmicocomo icono de una unidad múltiple y perfecta. O a la cultura Maya, y el inmenso contenido esotérico de sus monumentos pétreos llamados Estelas, presentes ya desde el siglo tercero; entre muchos otros ejemplos posibles de citar.

Esto es debido a que el arte objetivo no es atribuible a un tiempo o un lugar específico, ya que su origen es siempre un estado superior de la conciencia humana en el momento de producirlo, asociado al conocimiento ontológico presente en su creador. Algo que claramente ha ido más allá de los límites históricos y culturales.

Es maravilloso vivenciar el efecto que estos prodigiosos niveles de la expresión artística pueden lograr en nosotros.
Se trata de un arte que colabora en hacer conciente lo inconciente.
Cualquier proceso psicológico de auto revelación experimentado, al ser influenciados por el arte objetivo, resulta verdaderamente trascendental.

Beethoven expresó en su tiempo: “La música es la mejor mediadora entre la parte espiritual y sensorial del hombre”.

 

Un espacio para el arte

Sin dudas el arte tiene el poder de movilizarnos como ninguna otra forma de producción humana podría. Existe en toda persona, un espacio que sólo la sustancia del arte puede llenar.

En un primer nivel, completamos ese espacio con el trabajo de los artistas que nos conmueven gracias a su música, su plástica, su poesía, etc.
Aquí entendemos la importancia de hacernos un momento para esa experiencia que permite vivir el arte objetivo.

Luego encontramos etapas, incluso muy tempranas, en que una persona siente el estímulo de practicar una disciplina artística, y al comenzar a hacerlo descubre un modo incomparable y único de expresar lo que guarda en su interior.

Porque aquello que es en sí, la causa más directa del vínculo del ser humano y el arte, surge de una función tan primaria y común en la vida de todos, como lo es la conciencia. 
Por este motivo es que cuando vemos a un niño tomar una hoja de papel y un lápiz de color y entregarse a sus primeros trazos, también presenciamos un acto en el que se hallan transmitidos sus sentimientos, miedos, preocupaciones y deseos.

El arte desnuda el mundo interior de alguien que lo practica, lugar en donde se origina la apreciación que ese ser está haciendo de la realidad, dando significado allí a cada cosa.

Desde la perspectiva del autoconocimiento, el practicar algún arte ya como simple afición, es plenamente constructivo.

Luego, la sensibilidad que la naturaleza nos otorgó, es lo que complementa el manejo que sepamos hacer de una técnica artística.

Dijo un poeta chino llamado Li Tai-Po: “El mundo está lleno de pequeñas alegrías: el arte consiste en saber distinguirlas.”

Cada escena de la vida conlleva un valor diferente cuando logramos sensibilizarnos.

Sensibilizarnos, es empezar a gozar de una capacidad que guardamos desde niños y es llamada “sentido del asombro”.

Es permitir que el intelecto ceda en ocasiones al sentimiento el rol de “traductor” de las percepciones recibidas, para poder descubrir lo que hasta ese momento estaba frente a nosotros, alentándonos a vivir, pero pasaba desapercibido.

Esta etapa de incorporación del arte radica en aprender a contemplar.
Liberando de estructuras a la conciencia que tengamos acerca de qué es lo “bello”, para poder distinguirlo en la vida cotidiana más fácilmente y sentir su efecto renovador.

Todo el amplio mundo de las relaciones humanas puede ser vivido a través del espíritu del artista. 
Nuestro cuerpo es un estudio, un atelier… mientras que los sentidos y las distintas posibilidades de expresarnos, son las herramientas necesarias para que ese hombre senciente que habita en nosotros, pueda practicar el arte de relacionarse con la vida.